viernes, agosto 29, 2008

Viaje sin destino (Rafael Gil, 1942)

Con guión del célebre Santugnini, Viaje sin destino es una divertida comedia - a veces roza el absurdo - con diálogos brillantes y realización desenfadada. A muchos historiadores del cine les costará dar cuenta de semejante película producida en los Años de hierro de nuestra reciente historia.

Cuenta la idea que un empleado en una empresa de viajes, aficionado a las novelas de aventuras y misterio, lleva a efecto al proponer a los aburridos turistas del siglo XX un viaje cuyo destino desconoce. Como sostiene el personaje, una vez que en el mundo han desaparecido los antropófagos, las selvas vírgenes y peligrosas, y en el mundo no hay nada sorprendente que visitar, se hace necesario recrear el peligro y el misterio con el fin de emocionar de nuevo a los turistas avarientos de experiencias fuertes. El primer viaje de este tipo acaba envuelto en una trama de pseudo-fantasmas, falsos asesinatos e intentos ciertos de homicidio. La película se entretiene en plasmar y caricaturizar a los distintos personajes (entre ellos un impresionable y prolífico autor de novelas en busca de la inspiración necesaria) y en desarrollar una compleja trama de falsas apariencias, además de parodiar de paso algunos temas del incipiente cine de terror.

Es de destacar el hastío de la vida "prosaica", del trabajador y oficinista que también encontramos en otras obras de esta misma época, que busca una vida más auténtica y plena, o al menos que le depare sensaciones más intensas.

Como hemos apuntado antes, los críticos de este tipo de cine tacharán la película de "inauténtica". En una época de hambrunas, injusticias sociales y políticas, es una irresponsabilidad realizar un cine de evasión y, aún más, que presente la "realidad española" como necesitada de escapismo turístico: bastante tenían con "echarse un pan a la boca", como para buscar experiencias fuertes en el turismo. Este cine sería un modo de encubrir la realidad, de falsearla, para hacerla más soportable. Si bien ya es hora de volver nuestra mirada sobre esta época y reconocer que quizá los tristes oficinistas sí soñaban en los años cuarenta con realizar alguna vez en su vida un "viaje sin destino".